"el mismo que es abrazado"
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lunes, 18 de octubre de 2010

"El fracaso educativo"

Gusta mucho nuestra época de lamentar sus postraciones, y de buscarles remedios, sin admitir ni corregir las causas que las originaron, en lo que se parece al sifilítico que pretende curarse sin dejar de frecuentar el burdel. Cuando se habla del fracaso de nuestro sistema educativo, por ejemplo, se suele soslayar un hecho gigantesco, que torna vacuos y miopes todos los propósitos de enmienda; o todavía peor, cínicos, pues todo intento de combatir una enfermedad sin atreverse a diagnosticarla en su origen es como pretender atajar una inundación con un gran despliegue de activismo sin cerrar primero el grifo que la ha causado. Ese hecho gigantesco es la disolución de la institución familiar, de la cual la escuela es su apéndice natural; y, faltando la familia, es natural que la escuela se convierta en un árbol sin raíces, al que no le resta otro destino sino amustiarse y fenecer; o bien convertirse, como ocurre en esta fase de la historia, en un artefacto al servicio del Estado Leviatán.

D «Los primeros educadores son los padres», suele repetirse, a modo de mantra buenista. Pero, ¿de qué padres estamos hablando? ¿De los progenitores A y B que preconizan las «nuevas modalidades de familia»? ¿De los padres que andan cada uno por su lado, felizmente divorciaditos?¿De los padres que, aunque no estén felizmente divorciaditos, andan todo el día como felicísima puta por rastrojo, afanados en sus respectivos desempeños laborales, y vuelven a casa a las diez de la noche, hechos unos felicísimos zorros? Para que los padres sean esos «primeros educadores» que quiere el mantra buenista hace falta, en primer lugar, una comunidad de vida en el seno familiar; y hace falta también que esa comunidad acepte sus responsabilidades. Pero si la comunidad de vida es supeditada a otros «bienes» (llámense «libertad individual», «realización personal» o como se quiera) y si sus responsabilidades se subordinan a la consecución de tales o cuales logros vitales y profesionales, la familia ha dejado de existir, para convertirse en mera agregación humana (progresivamente desagregada, por lo demás), sin traditio ni auctoritas: esto es, sin capacidad para transmitir una visión del mundo ni para «hacer crecer» (que esto significa auctoritas) a quienes vienen detrás. En familias donde no hay comunidad de vida (bien porque los padres están divorciaditos, bien porque andan azacaneados en sus importantísimos quehaceres) no puede haber educación responsable; y, a cambio, hay «des-educación» incorregible: pues allá donde hay un vacío de traditio y auctoritas, o donde entran en liza tradiciones y autoridades contrapuestas, o desentendidas entre sí, o debilitadas por la falta de comunión entre los padres, sólo es posible criar hijos huérfanos de afectos (o empachados de afectos cojos, que es la levadura que los convierte en caprichosos chantajistas emocionales), huérfanos también de un criterio para enjuiciar la realidad y, por lo tanto, condenados a la dispersión, a la desorientación y al caos.

Una vez disuelta la familia, el Estado Leviatán puede usurpar tranquilamente el derecho de los padres a educar a sus hijos, convirtiendo la escuela en una máquina feroz de adoctrinamiento que, ante los ojos de los padres dimisionarios aparece, sin embargo, como la única instancia capaz de salvarlos del caos. A tal engaño los conduce su mala conciencia; y luego, cuando el engaño se desvela, claman contra el sistema educativo. Que es como si el sifilítico clamara contra el treponema, camino del burdel.

JUAN MANUEL DE PRADA

martes, 5 de octubre de 2010

"La religión de los druidas" de Juan Manuel de Prada

Por Tutatis! Las autoridades británicas han reconocido el druidismo como «religión genuina». En lo que obran con gran coherencia y rectitud, considerando el concepto de religión que postulan. Un atisbo de lo que las autoridades británicas entienden por religión nos lo ofrecía aquel texto descacharrante que el bueno de David Cameronperpetró, con motivo de la reciente visita al Reino Unido de Benedicto XVI, a quien dispensó los mismos piropos que podría haber dirigido.. al mismísimo druida deStonehedge. Cameron hilaba allí una sarta de paparruchas buenistas que no se le habrían ocurrido ni a un fulano que acabase de zamparse un guiso de setas lisérgicas aderezadas con anisete: que si la Iglesia católica «es un socio en la búsqueda para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio», que si la Iglesia católica «es una aliada en la campaña global contra el cambio climático», que si la Iglesia católica colabora con «otros grupos de fe en los temas de bienestar», etcétera. La mera imagen de una Iglesia católica colaborando en temas de «bienestar», aliada en la campaña global contra el cambio climático y empeñada en alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio causaría irrisión... si no fuera porque antes causa horror; pues así, exactamente así, es como San Pablo nos describe la impostura religiosa a la que, hacia el final de los tiempos, se entregarán las naciones, «poniendo al hombre en el lugar de Dios».

En sus Cuatro sermones del Anticristo (recién publicados por El Buey Mudo), John Henry Newman analiza esta impostura religiosa descrita por San Pablo, cuando los hombres se hagan «amadores de sí mismos», negando el poder de Dios «con una apariencia de piedad». Tal «apariencia de piedad» es fácilmente distinguible en los discursos de los políticos; y Cameron, en aquella salutación grotesca al Papa, hacia gala de ella sin rebozo. El objetivo último consiste en otorgar el mismo rango a todos los «credos religiosos», con tal de que se sumen al gran proyecto de «promoción del bienestar del individuo» (o sea, de «adoración del hombre»). Si la Iglesia católica desea seguir siendo considerada ese «aliado» o «socio» habrá de convertirse, según expresión del Apocalipsis, en una ramera que fornica con los reyes de la tierra: esto es, en una mera organización «humanitaria» que renuncia a su misión, para convertirse en una suerte de capataz solidario. Y si se resiste a desempeñar este papel que la última impostura religiosa le ha adjudicado, ya sabe lo que le espera.

Para que la impostura religiosa final triunfe habrá de generalizarse primero la apostasía, que en contra de lo que muchos ingenuos piensan no vendrá impuesta —o no solamente— desde fuera, sino que se desarrollará en el propio seno de la Iglesia. «La persecución más grande a la Iglesia no procede de enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia», nos recordaba hace poco Benedicto XVI. Claro que también desde fuera se le puede echar una mano. Este reconocimiento del druidismo como «religión genuina» se presenta como un episodio más —si se quiere especialmente chusco o estrafalario— en el intento de igualar todos los «credos religiosos», con tal de que se sumen al gran proyecto de «promoción del bienestar del individuo». ¿O es que acaso los druidas no pueden ser unos aliados estupendos en la campaña global contra el cambio climático y en la búsqueda para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio? Pues claro que sí. ¡Por Tutatis!

sábado, 31 de julio de 2010

"La casa de los horrores" de Juan Manuel de Prada

Encuentran en el jardín de una casa en el departamento de Lille hasta ocho cadáveres de recién nacidos y la noticia causa gran conmoción. Durante unos días, nos escandalizaremos con las andanzas de esa tal Dominique Cottrez, auxiliar de clínica, que nada más parir a sus hijos los asfixiaba metódicamente, los envolvía en plásticos y los enterraba a la sombra de un árbol; y, antes de que el suceso ingrese en los polvorientos anaqueles del olvido, podremos consolarnos pensando que nosotros no somos tan bestiales como la tal Dominique, igual que el sabio pobre y mísero de Calderón se consolaba, mientras recogía las hierbas con las que se sustentaba, comprobando que otro sabio iba recogiendo las hierbas que él desdeñaba.
Así hasta que, dentro de unos meses, descubran otra casa, otro jardín, otro sótano donde se almacenen más cadáveres de recién nacidos; y, cuando nos revelen los pormenores del siguiente infanticidio truculento, podremos seguir respirando aliviados durante otra temporada más. Que en esto consiste la función catártica del horror: en que la truculencia de los crímenes ajenos nos exonere de la enojosa tentación de calificar los nuestros, mucho más «neutrales» y asépticos. Ojos que no ven, corazón que no siente, reza el refrán; pero para que el corazón no sienta ante los invisibles crímenes propios, conviene curtirlo previamente con la exhibición de crímenes ajenos tan aparatosos que, por contraste, releguen los propios a la categoría de menudencias irrelevantes.
En una de sus paradojas más brillantes y estremecedoras, Chesterton saludaba a los infanticidas como «pioneros progresistas» capaces de llevar hasta sus últimas consecuencias los postulados que otros progresistas más remilgados defienden con expresiones sibilinas, por evitarse la mala propaganda que persigue a los pioneros. Para hacer su defensa paradójica del infanticida (para poner a la sociedad de nuestra época ante el espejo de sus crímenes), Chesterton se mostraba dispuesto —en términos especulativos— a despojarse de los «remilgos morales» que defienden la vida. «Si lo que la cristiandad ha considerado moral no tiene sentido —afirma—, entonces deberíamos sentirnos libres de ignorar toda diferencia entre los hombres y los animales, y consecuentemente tratar a los hombres como animales».
Nadie aplicaría un aborto a una gata o a una coneja: se deja, simplemente, que alumbre a su prole; y, si la prole es demasiado numerosa, o si incluye ejemplares enfermos, se los ahoga en una palangana y santas pascuas. ¿Por qué no hacer con los bebés lo mismo que con los gatos?, se pregunta Chesterton. Permitamos que lleguen al mundo, para después ahogar a los que no nos gustan. «Tal comportamiento —prosigue Chesterton— sería propia y razonablemente eugenésico, porque podríamos seleccionar a los mejores, o al menos a los más saludables, y sacrificar a aquellos a quienes se llama inadaptados». El infanticida es, en efecto, más «racional» que el abortero; y también, en cierto modo, más bizarro: es verdad que un niño recién nacido no puede defenderse, como le ocurre al niño gestante, pero para estrangularlo hay que cogerlo entre nuestras manos, hay que mirar su rostro, hay que sentir la temperatura de su piel.
Frente a esta pionera progresista de Lille, nos ocurre como a Chesterton: nuestros progresistas aborteros se nos antojan débiles, indecisos y cobardes.

lunes, 26 de julio de 2010

"El periódico del futuro" de Juan Manuel de Prada

Descienden las ventas de los periódicos, obligados a urdir campañas de promoción cada vez más costosas y también más estrambóticas, para que sus lectores sigan acudiendo al quiosco. Empieza a cundir la impresión de que, si los periódicos logran mantener –a trancas y barrancas– sus tiradas, es sobre todo gracias a los ‘cacharritos’ que incluyen en su oferta: DVDs, juegos de mesa camilla, fascículos coleccionables, cuberterías a piezas, sombrillas para la playa. Cualquier adherencia absurda sirve, con tal de que engatuse al comprador reticente. Quizá el dato más amedrentador lo revele la edad media del lector de periódicos, que año tras año se acrecienta, sin visos de que la tendencia se vaya a rectificar en un corto o medio plazo. En su afán por incorporar a las nuevas generaciones a un hábito del que parecen haber desertado, los periódicos alivian la ‘mancha’; esto es, prueban nuevos diseños gráficos que conceden mayor protagonismo a las fotografías y reducen los textos, convertidos casi a gacetillas en las que el lector picotea sin entrar en profundidades. Por supuesto, en todos estos cambios de diseño se adivina (o más bien se constata) un esfuerzo por imitar los procedimientos del ‘periodismo digital’; esfuerzo mimético cuyas posibilidades de éxito parecen improbables, pues si a la postre al lector de periódicos se le ofrece una especie de sucedáneo de lo que gratuitamente halla en su formato genuino en la edición electrónica del mismo periódico, ¿por qué demonios va a tomarse la molestia de bajar al quisco y apoquinar un dinero que puede ahorrarse?

¿Es la hora de proclamar la muerte de la prensa? Yo diría que, en efecto, mientras los periódicos se obstinen en imitar los procedimientos de Internet (y, por mucho que perseveren en el intento, lo que ofrezcan siempre será una imitación deslucida y pobretona), su muerte está cantada. La supervivencia de la prensa exige una reafirmación de sus rasgos distintivos; el periódico del futuro habrá de esforzarse por ofrecer a sus lectores algo más que un mero acopio de informaciones que, cuando llega a los quioscos, ya están resobadas y marchitas. El periódico del futuro tendrá que ofrecer a sus lectores crónicas esmeradamente escritas, ensayos dilucidadores, reportajes vibrantes y enjundiosos; tendrá, en fin, que poner un poco de poso en medio del vértigo informativo. Tal reafirmación de sus rasgos distintivos tal vez conlleve la deserción de sus lectores más remolones (que tal vez ya hayan desertado, o sólo se mantengan embaucados por las ‘promociones’); pero, a cambio, el periódico del futuro volverá a encontrar su sitio extraviado, reconciliándose con un lector reflexivo que no se conforma con el mero acopio de información que otros medios le ofrecen de forma casi instantánea. Un lector con voluntad de conocimiento, con capacidad crítica e inquisitiva, que exige periódicos capaces de organizar e interpretar el incesante flujo de datos que recibimos.

La decadencia de la prensa escrita tiene mucho que ver con la depauperación (debilidad) de nuestros métodos cognitivos, cada vez más permeables a la avalancha informativa y más remisos a la reflexión. Ciertamente, la tecnología expande nuestras posibilidades mentales, permite a nuestro entendimiento acceder a más vastos recintos, pero ¿acaso esos ímpetus colonizadores no se logran en detrimento de la profundidad? ¿No estaremos fiándolo todo a un conocimiento superficial de la realidad, tan abrumador y meteórico que ni siquiera deja su impronta en nuestra memoria? El conocimiento verdadero de la realidad no se obtiene por la mera aglomeración de datos servidos bajo una apariencia de accesibilidad; exige que sepamos otorgar cohesión a esos datos y, sobre todo, que busquemos la causa que los explica. Sin esa perspectiva de duración no existe verdadero conocimiento, tan sólo sujeción a un presente ilusorio. Y esta ‘perspectiva de duración’ es la que puede ofrecer la prensa del futuro; si los periódicos no se deciden pronto a ocupar ese espacio abandonado no harán sino prolongar su agonía.

El signo de nuestra época, y también su condena, consiste en manejar información. En un mundo que se pretende cambiante, perpetuamente renovado, resulta cada vez más difícil encontrar un espacio que organice, dilucide y explique lo que está sucediendo. En los periódicos del futuro podremos abandonar el carrusel acelerado que convierte nuestros días en girándulas de vértigo; pero eso sólo ocurrirá si se atreven a apostar por sus rasgos distintivos, aun a riesgo de dejarse en el camino algunos lectores (o más bien compradores pasivos). De lo contrario, mucho me temo que pronto habrá llegado la hora de cerrar el quiosco.

sábado, 10 de julio de 2010

"Dios, qué buen vasallo..." de Juan Manuel de Prada


Los triunfos de la selección española de fútbol vuelven a despertar un «sentimiento patriótico» en el pueblo que se celebra encomiásticamente, como si de auténtico patriotismo se tratara. Pero el «sentimiento patriótico» no es, como la propia expresión indica, sino la expresión emotiva de los efectos; y tal expresión emotiva puede ser el humus del que brote un «sentido patriótico» si se orienta hacia lo alto, pero también puede ser la charca donde el patriotismo perezca, si se orienta hacia lo bajo. En la Roma imperial, por ejemplo, el «sentimiento patriótico» alcanzó cúspides de expresión emotiva que no se dieron jamás en la Roma republicana; pero esa exaltación sentimental discurrió paralela a la paulatina atrofia del «sentido patriótico» alcanzado en la etapa anterior. Un «sentido patriótico» que se cuaja cuando las naciones alcanzan la mancomunidad de las almas que la integran; y tal mancomunidad sólo se logra plenamente cuando, entre las almas que la integran, surgen personas con «espíritu público»; esto es, personas con la percepción y la pasión del bien común, capaces de dar alas al «sentimiento patriótico», levantándolo del magma emotivo. Cuando tales personas no existen, el «sentimiento patriótico» es como una semilla que germina en un terreno fértil donde, sin embargo, falta la luz que la haga crecer; y, cuando falta la luz, a la semilla germinada no le resta otro destino sino pudrirse. Y así, con frecuencia, el «sentimiento patriótico» huérfano de luz —desilusionado— acaba incubando los hongos venenosos de la acedia y el esplín; como ocurrió en la Roma Imperial, comandada por hombres que carecían de la percepción y la pasión del bien común.

Esto es lo que ocurre también hoy entre nosotros: quienes detentan el poder están destruyendo o dejando destruir la mancomunidad, por falta de «espíritu público»; y así, el destino de ese «sentimiento patriótico» que germina espontáneamente en ocasiones como la presente es infecundo; o, todavía peor, putrescente. A los pueblos comandados por hombres que carecen de «espíritu público» no les queda otro remedio sino vagar entristecidos, como al Cid del destierro («Dios, qué buen vasallo si hubiese buen señor»), cuando no enzarzarse en querellas intestinas que son como guerras civiles latentes. Esta situación de «guerra civil latente» es la que padecemos hoy en España, azuzada por ideologías que, en lugar de buscar el procomún o bien general, buscan el bien particular de un grupo o de una región; y que se hacen fuertes subrayando ese particularismo, dividiendo a los pueblos en lo profundo, actuando como sucedáneos religiosos que dificultan el entendimiento, la «mancomunidad de almas». Y, cuando más se debilita esa mancomunidad, más fuertes se hacen esas ideologías y los «partidos» que las representan; de tal modo que la robustez de tales partidos se cobra a costa del espíritu público y del sentido patriótico. Así, debilitando la mancomunidad, es como nuestros gobernantes se han hecho fuertes; y, aunque jalean el «sentimiento patriótico» que en estos días prende entre las gentes divididas, temen en lo más profundo de sus corrompidos corazones que de ese «sentimiento» instintivo (emotiva nostalgia de un bien que nos ha sido arrebatado) brote un «sentido» orientado hacia lo alto. Para evitar que tal ventura ocurra, seguirán azuzando la guerra civil latente que los hace fuertes.

lunes, 5 de julio de 2010

"Cómo Parar el aborto" por Juan Manuel de Prada

Entra hoy en vigor la ley cínicamente llamada de «salud reproductiva y sexual», que conculca el derecho a la vida, sometiéndolo a la decisión discrecional de la madre, que podrá «desembarazarse» de la criatura que se gesta en sus entrañas como quien se extirpa una verruga. No creo probable que la nueva ley favorezca la comisión de más abortos quirúrgicos; entre otras razones, porque la nueva ley ya se preocupa de promover el aborto químico, que es menos truculento y engorroso, imponiendo a los farmacéuticos la obligación de expedir la llamada «píldora del día después» como si de una aspirina se tratase. Pues lo que la nueva ley pretende es, ante todo, «simplificar» la decisión moral que todo aborto conlleva, convirtiendo la comisión de un crimen en algo irrelevante y aséptico (en esto consiste la «banalidad del mal») y propiciando de este modo lo que C. S. Lewis llamaba «la abolición del hombre»; esto es, la creación de una sociedad sin capacidad de discernimiento moral, una sociedad «automática» que evita enjuiciar éticamente sus acciones, engolosinada por la consecución del interés propio.
Cifrar en el Tribunal Constitucional la esperanza de que esta ley inicua sea desautorizada es tan ilusorio como reclamar peras al olmo; pues a nadie se le escapa que dicho Tribunal forma parte de la misma «organización» que ha encumbrado el aborto a la categoría de derecho: una «organización» que proclama que la ley es «expresión de la voluntad popular», sin sometimiento a ningún razonamiento previo sobre lo que es justo e injusto; y así, liberada de ese razonamiento previo, la «voluntad popular» se convierte, inevitablemente, en una pura satisfacción del interés propio, que cuando se hace «mayoritario» adopta la fórmula de leyes positivas que el Tribunal Constitucional, en una labor típicamente «ancilar» o lacayuna, se limita a «encajar» en el barrizal positivista. Se suele esgrimir que el Tribunal Constitucional, allá por 1985, dictaminó que la protección del nasciturusimponía al Estado la obligación de «establecer un sistema legal para la defensa de la vida que suponga una protección efectiva de la misma». Pero se olvida que ese mismo Tribunal, en su sentencia 116/1999, de 17 de junio, afirmó que «los no nacidos no pueden considerarse en nuestro ordenamiento constitucional como titulares del derecho fundamental de la vida». O sea, donde dije «digo» digo «Diego». Que ésta, al fin, es la misión asignada al mencionado Tribunal: una misión, en verdad, depauperada y sórdida, como la del sicario a quien le toca «justificar» los crímenes de su amo; para lo cual no vacila en seguir al dedillo la doctrina establecida por Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros».
El aborto sólo podrá detenerse si se logra una verdadera «metanoia», un cambio o conversión social; y ese cambio no lo «producirán» las leyes, ni mucho menos el teatrillo de marionetas de los togados. Con el aborto entronizado como derecho sólo acabará el testimonio contagioso de las personas que acojan amorosamente la vida, que prediquen con el ejemplo teniendo hijos y mostrando a sus contemporáneos el inmenso bien que esos hijos traen al mundo; provocando, en fin, entre sus contemporáneos envidia (sana envidia) de ese bien que a ellos les falta. Esto mismo fue lo que hizo un patricio llamado Filemón, hace veinte siglos, acogiendo como un hermano a su esclavo Onésimo, en una sociedad que había encumbrado la esclavitud a la categoría de derecho: sembrar la semilla de una conversión social.

domingo, 6 de junio de 2010

"Militares sin patría" de Juan Manuel de Prada

¿Para qué existen los militares? Para defender la patria hasta la entrega de la propia vida, si fuera preciso. Y, puesto que la patria es la «tierra de los padres», hemos de concluir que los militares mueren por la tierra y por los padres. Morir por un pedazo de tierra -por extenso o fértil que sea- es algo ridículo, tan ridículo como hacerlo por cualquier otra posesión material, sólo comprensible en quienes están enfermos de avaricia; y como, además, la patria no es tierra que se reparta por partes alícuotas entre sus oriundos, sino que sólo les pertenece en un sentido ideal, tal sacrificio se tornaría doblemente ridículo... si no fuera porque hay algo más. Morir por los padres es obligación de la sangre, si los padres están vivos (y obligación del honor, si están muertos y su memoria es ultrajada); pero morir por los padres de un señor de Cuenca o Albacete a quien no conocemos de nada es algo igual de ridículo que morir por un pedazo de tierra sobre el que no poseemos título de propiedad alguno... si no fuera porque hay algo más. Y ese «algo más» es lo que hace que la defensa de la patria hasta la entrega de la propia vida no sea una tarea ridícula, sino admirable y heroica. ¿Y qué es ese «algo más», se preguntarán las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan?

Pues ese algo más es la conciencia de una misión común, que sólo proporciona el sentido religioso. El amor a la tierra de nuestros padres sólo es posible cuando admitimos que estamos ligados en una misión común con nuestros antepasados; una misión que recibimos, heredada a través de la sangre y la tradición, y que da sentido a nuestra vida a lo largo de sucesivas generaciones. Pero este sentido de dependencia a una misión común sólo se explica si aceptamos su naturaleza religiosa: los pueblos se vinculan a la tierra cuando la perciben como una heredad recibida del cielo; y se vinculan a los otros pobladores de esa tierra y a sus antepasados cuando entre ellos surge la conciencia de una Paternidad común. El aglutinante que une a los hombres con la tierra que pueblan, y con los hombres que previamente la poblaron, es siempre de naturaleza religiosa en su origen; y aunque es cierto que luego el patriotismo adquiere expresiones no estrictamente religiosas, no es menos cierto que, a medida que el aglutinante religioso originario se adultera o esclerotiza, el patriotismo se torna cada vez más pomposo y vacío, más aspaventero y presuntuoso. Y cuando ese aglutinante se extirpa, el patriotismo deviene un sinsentido; ante lo cual, los gobernantes que promueven esa extirpación tienen que inventarse paparruchas del tipo de aquel «patriotismo constitucional» con que nos apedrearon hace algún tiempo; paparruchas que, llegada la hora de la verdad, se revelan hueras, chirles y hebenes. Porque nadie muere -salvo que lo obliguen o lo compren- defendiendo ordenanzas o directrices ministeriales; nadie muere -salvo que lo obliguen o lo compren- defendiendo la democracia ni el sistema métrico decimal.

Desligar el amor a la patria de ese «algo más» aglutinante es tanto como cegar las fuentes o arrancar las raíces de ese amor, que inevitablemente termina agostándose, hasta que finalmente fenece y se pudre. Y a un militar al que le arrebatan ese aglutinante ofrecer la vida en defensa de su patria termina, tarde o temprano, antojándosele algo ridículo. Podrá convertirse en carne de cañón -si le obligan a morir- o en mercenario -si lo compran-, pero nunca más será un verdadero militar, porque ha dejado de tener conciencia de la misión común que justificaba su existencia. Así se puede llegar a constituir un ejército sin ideal, desgajado de la tradición que le da sentido, una burocracia de ganapanes en la que se entremezclan mercenarios y carne de cañón, sin otra misión que el cumplimiento de tal o cual directriz ministerial. Así se convierte al ejército en una patulea de tristes esclavos.